Cuando mis amigos me invitaron -en patota- a ver la tercera entrega de la saga
Twilight, sentí claramente la definición del término “
dicotomía” encarnizada en mi cuerpo.
o
Obvio que el peso cayó en la primera. Y a pesar que fui con ganas de criticar todo aspecto ridículo de la película, debo admitir que la suma de
estar cumpliendo (¡hoy!) 29 años, más la experiencia
Eclipse realmente me afectaron. Sé que se les cae el calzón de la emoción y quieren saber porqué, porqué me afectó tanto, y que pasó, que pasó… así que lo desarrollo inmediatamente.

Dejando de lado a
Kristen Stewart, su apatía y su cara de
no-me-importa-una-caca, tengo que admitir que los de la película la hicieron bastante bien. Pusieron a un
morocho-hombre lobo que aparece el 90% de la película
en bolas, y a un Robert Pattinson que está
tan fuerte que creo que lo ve mi abuela y se enamora.
Y la llenaron con
2 horas de una pelea incesante entre dos tipitos y una minita, y múltiples declaraciones de amor del tipo
“te amo tanto que mi corazón en cualquier momento explota y lanza una catarata de amor imparable que inundará el pueblo de Tenedores.” Declaraciones que son melosamente insoportables, pero que en este caso vienen de un vampiro y no como en mi época de un Pablo Rago o (válgame Dios) de un Luis Miguel, y, por ende, te terminan comprando.
Y aunque parece una película boludona –y ciertamente lo es-
todo el tiempo vende sexo sin venderlo. Y no tiene guión, ni buenos actores, ni trama interesante, ni buen desarrollo, ni buenos efectos, ni demasiada tensión. Pero sí tiene vampiros, la promesa de un futuro revuelque, un protagonista que la rompe, y
una música que hace viajar.

Ahora -y haciendo honor a mi cumpleaños- viajemos al pasado. En mi adolescencia, lo más cercano que tuve a
Twilight fue la versión cinematográfica de la obra draculoide de
Anne Rice, que incluía a un
Brad Pitt deprimidísimo chupando sangre de animalitos (la idea de
Cullen como
vampiro no-asesino es old news) y un
Tom Cruise limadísimo haciendo uno de los pocos papeles que le quedó bien en su entera carrera. Eso, y mi imaginación, era todo lo excitante y oscuro de lo que mi generación se podía agarrar. De adulta terminé de llenar la fascinación vampiresca con el
Drácula de Coppola que no era para nada despreciable (hoy es una de mis pelis favoritas), aunque Francis Ford estuvo
amarrete con las imágenes de
Gary Oldman que estaba oh-so-sexy.
¿A dónde quiero llegar? No sé, chicos, no sé. Los productores de la peli la hacen bien, pero podrían hacerla mejor, ofreciendo un producto algo más pulido. O sea, va dirigida a adolescentes consumistas, pero eso no significa que no merezcan al menos un poco de calidad en el guión.
Bah, no sé ni para que defiendo a la juventud actual… estas pibitas tienen Internet, vampiros, una saga que dura como 19 películas, actores hot, un guión hecho exclusivamente para ellas, y diez mil fotos en la web para ayudarlas imaginarse que Pattinson las viene a buscar en moto y se las lleva a Hollywood a vivir como princesas. Ah, y encima son ridículamente jóvenes.
Que se manejen.