La mayoría de las paradas de colectivos ocurren cada dos cuadras. El momento perfecto para tocar el timbre es en el cruce de la intersección que separa dichas cuadras: es lo suficientemente cerca como para que el colectivero no se olvide, pero lo suficientemente lejos como para que el autobús pueda frenar con comodidad.
23 sept 2011
2 sept 2011
Picada especial
El carnicero del super es muy amable cuando voy a comprar. No onda levante, eh. Onda "que-bueno-que-no-sos-un-tipo-que-me-rompe-las-bolas-con-que-si-la-tapa-de-asado-está-buena-o-no". No tengo ni idea de carne, ni cortes, ni cantidades. Y asumo que eso le debe resultar refrescante.
No lo culpo, cada vez que saco número y me acerco al rincón carniceril, me encuentro rodeada de tipos que, lejos de darse cuenta que la carne es carne y nada más, discuten y analizan los pedazos de bofe que ven en la heladera como si fueran cirujanos plásticos.
Usualmente comienzo a observarlos desde lejos, cuando recorro silenciosamente el pasillo principal que desemboca en la carnicería.Voy con el chango esquivando minas y todo se sucede en cámara lenta: cruzo la góndola de la yerba... la de los galletitas... la de las papas fritas... la de los vinos. Y de golpe se abre la luz, y ahí están los tipos, amontonados como atún en lata alrededor de la heladera de la carnicería, intercambiando opiniones detalladas sobre cada uno de los trozos de la pobre vaca de turno que son - y vamos a decir la verdad de una maldita vez- todos iguales.
TODOS IGUALES.
Me acerco un poco más y lo veo a él, el pobre señor carnicero de La Anónima. Sobreviviendo, entre bolsas de nylon y cofias de pelo, pesando frenéticamente, cortando collares de chorizos, embolsando hígados, esquivado reses. Ahí está, separado de la horda de animales carnívoros por sólo un vidrio. Un vidrio, y nada más.
Es por esto -nada menos- que quiero dedicarle este modesto espacio al carnicero y su amabilidad. Que sepa que le mando la mejor.
Y le digo: Señor Carnicero, está a dos morcillas de ese ascenso. Un poco de paciencia. Ya va a llegar.
No lo culpo, cada vez que saco número y me acerco al rincón carniceril, me encuentro rodeada de tipos que, lejos de darse cuenta que la carne es carne y nada más, discuten y analizan los pedazos de bofe que ven en la heladera como si fueran cirujanos plásticos.
Usualmente comienzo a observarlos desde lejos, cuando recorro silenciosamente el pasillo principal que desemboca en la carnicería.Voy con el chango esquivando minas y todo se sucede en cámara lenta: cruzo la góndola de la yerba... la de los galletitas... la de las papas fritas... la de los vinos. Y de golpe se abre la luz, y ahí están los tipos, amontonados como atún en lata alrededor de la heladera de la carnicería, intercambiando opiniones detalladas sobre cada uno de los trozos de la pobre vaca de turno que son - y vamos a decir la verdad de una maldita vez- todos iguales.
TODOS IGUALES.
Me acerco un poco más y lo veo a él, el pobre señor carnicero de La Anónima. Sobreviviendo, entre bolsas de nylon y cofias de pelo, pesando frenéticamente, cortando collares de chorizos, embolsando hígados, esquivado reses. Ahí está, separado de la horda de animales carnívoros por sólo un vidrio. Un vidrio, y nada más.
Es por esto -nada menos- que quiero dedicarle este modesto espacio al carnicero y su amabilidad. Que sepa que le mando la mejor.
Y le digo: Señor Carnicero, está a dos morcillas de ese ascenso. Un poco de paciencia. Ya va a llegar.
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| Odio a Meat Loaf y no entiendo por qué se llama "Pan de Carne". |
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