(El que no vio la película High Fidelity, debería hacerlo.)
Cuando mi mamá estaba embarazada de mí, se ponía los auriculares en la panza y repetía una y otra vez temas de Kate Bush: me crié escuchando mucha, mucha música. Mi viejo llenaba las habitaciones de mi casa con todo tipo de bandas e intérpretes. El 95% de la música era oriunda de Inglaterra. El 5% restante, de USA y algún que otro país europeo. En mi adolescencia escuché todo el rock nacional (obviamente) que hubo y hay en el mercado.
Mi abuela y yo mirábamos unas dos películas por día. Ir al videoclub era más común que ir al almacén.
Mi abuelo me regaló cientos de libros. Leí todos los cuentos infantiles existentes. De adolescente me leí los otros.
Mi tía me enseñó a jugar con la Mac cuando yo tenía unos 7 años, y para ese entonces en la PC solamente se podía jugar a la viborita.
Fueron 28 años de absorber todo lo que me dieron, y realizar un riguroso proceso de selección.
Hoy sé lo que me gusta. Sé distinguir lo bueno de lo berreta, porque tragué tantas cosas, que aprendí a elegir.
Seré una shegua (sí, con sh), porque juzgo a la gente por lo que le gusta. Pero la verdad, no me importa.
Sé que escuchando a Arjona no podés ser tan feliz como lo soy yo en este momento, escuchando a Tom Petty.




