9 oct. 2012

Taxi Driver



Resuuuulta que me tomé un taxi hace un par de semanas para ir a visitar una amiga que hace mucho tiempo no veía. Como no tengo ningún tipo de sentido de ubicación espacial y/o memoria, le pedí a mi amiga que me mandara la dirección por mensaje y así nomás se la largué al tachero. Supongo que mi incapacidad de ubicarme (o mi capacidad de perderme) hace que imagine a los tacheros como superhéroes del GPS mental.
El viaje en taxi fue normal, lo cual no es poco. Nada de charla, nada de música inmunda, nada de nada. Me di cuenta que estábamos llegando cuando empecé a ver que los pocos carteles sobrevivientes de la avenida me tiraban una altura cercana a la de la casa de mi amiga. Eso, sumado a una lejana familiaridad en el paisaje de la zona – sensación parecida a cuando soñás algo flashero y más tarde en el día te acordás del sueño, como de lejos – confirmaron mi teoría: faltaba poco para bajarme.
Este es un buen momento para aclarar que soy de esa gente que toma el descenso de un taxi como el aterrizaje de un avión. Cada vez que veo que estoy por llegar a destino, empiezo con el procedimiento de descenso: busco dónde está el celular, preparo la billetera, saco la llave del bolsillo y reviso que no se haya caído nada en el asiento. Así que, mientras llevaba adelante mi preparación para el arribo y posterior descenso de la nave taxi, escucho que el tachero se pone a hablar con otro tachero por la radio.
Todos sabemos que es molesto cuando los tacheros se ponen a boludear por la radio, pero es mucho más molesto aún cuando lo hacen justo cuando están llegando al destino. O al menos es más molesto para mí, que vivo perdida y, por tanto, deposito un voto de confianza en el tachero para que me deje en el lugar correcto. Y si yo necesito concentración para revisar dónde deje el puto celular antes de bajarme, no me quiero imaginar el señor taximetrero que tiene que buscar una casa entre decenas de hogares sin número y calles que cambian constantemente de nombre. La relación que tengo con los tacheros es casi la de ciego-perro lazarillo. Bue, no casi, pero parecido. Y si el perro se pone a oler traseros de otros perros, ¿cómo se supone que el ciego va a estar seguro de a dónde lo están llevando?
Indignada (pero sin decir nada por si el tachero me cagaba y no se equivocaba con la dirección) me pongo a escuchar su conversación con cara de “fijate lo que hacés”. El tipo estaba hablando con otro tachero llamado “cuchilla”. Sí, Cuchilla. Intentaba mantener mi cara de jodida, pero la verdad, estaba azorada. Azorada y llena de preguntas pelotudas. ¿Por qué razón de la vida le pueden decir a alguien ‘cuchilla’? ¿Sería antes afilador? ¿Barbero? ¿Cocinaría sushi? Mientras intentaba descifrar lo indescifrable, los tipos se pusieron a hablar de lo siguiente:
Cuchilla: Che, ¿llamaste al número que te pasé?
Birip
Tachero que me lleva: Sí, pero no atiende nadie.
Birip
Cuchilla: Que raro… ¿Te fijaste bien? ¿Qué dice el anuncio?
Birip
Tachero: (mira una página del diario) “Charlotte hace tus sueños realidad.” Y está el número, 434###
Birip
Cuchilla: Sí, es ese. Bue, seguí intentando. Te tiene que atender. Yo la otra vez llamé a esta hora y no hubo problema, me atendió al toque.
Birip
Tachero: Sí, ahí llamo de nuevo. (Cuelga la radio.) Disculpame, (hablándome a mí) ¿cómo era el numero de la casa?
Yo: 4453
Tachero: Cuatro cuatro… (Mirando a los costados.) Uuuh. Nos pasamos.

5 comentarios :

Vespertine dijo...

Debe ser áspero para jugar al futbol, a mi me decian guadaña. :)

Ale dijo...

Bienvenida! A donde te habias ido?

Mariana Lola dijo...

Uh, nunca imaginé que podía llegar a ser un nickname de fútbol. Te darás cuenta de mis limitaciones que primero creí que era afilador.

Ale, thank u! Me había ido al mundo no-blogger, a recordar por qué blogueaba. Ya me acordé. Creo.

Hugo dijo...

Parece que Charlotte les hace descuento a los tacheros.

berenicebajocero dijo...

AHHHH, extrañaba esto de reírme con ruido leyendo TDLM!!